San Martín y la trampa del vino que engañó a todos
La verdadera historia de cómo San Martín usó una trampa de etiquetas para demostrar la superioridad del vino mendocino frente al europeo.
El día que San Martín usó una "trampa" de etiquetas para defender el vino argentino
Hoy, 17 de agosto, conmemoramos el paso a la inmortalidad del General José de San Martín. Al Padre de la Patria lo conocemos por cruzar la cordillera y liberar naciones, pero la historia esconde una faceta menos difundida: San Martín fue un gran conocedor y defensor del vino mendocino, al punto de protagonizar una de las anécdotas más agudas de la vitivinicultura argentina.
Un almuerzo, dos botellas y una lección
Para el Libertador, el vino no era un simple bien de consumo: era una cuestión de orgullo nacional. Corría 1816 en Mendoza, mientras aceleraba la formación del Ejército de los Andes, cuando invitó a cenar a Joaquín Mosquera, enviado de Simón Bolívar, y al español Antonio Arcos, ambos conocidos por jactarse de su paladar refinado y por sostener que los vinos europeos eran muy superiores a los americanos.
San Martín, con la complicidad de su joven edecán Manuel de Olazábal —quien años después dejaría el relato por escrito—, ideó una broma tan simple como efectiva. Consiguió una botella de vino de Málaga y una de vino mendocino, y les cambió las etiquetas: al vino español le puso el rótulo "de Mendoza", y al mendocino, el de "Málaga".
El veredicto de los "expertos"
Sirvió primero la botella etiquetada como mendocina —que en realidad era el vino español—. Los invitados la probaron y, sin entusiasmo, dijeron que era un vino correcto pero que le faltaba fragancia y cuerpo.
Después llegó la segunda ronda: la botella con el rótulo de Málaga, que en verdad contenía el vino de Mendoza. Ahí los comensales se deshicieron en elogios, convencidos de estar frente a un vino muy superior gracias a "la calidad de los suelos europeos".
San Martín soltó una carcajada y reveló el engaño. Según el relato que Olazábal dejó registrado y que luego recuperó el historiador Felipe Pigna, el General les dijo algo así: que se dejaban engañar por las etiquetas y no por lo que había en la copa, porque el vino que habían despreciado era el de nuestra tierra, y el que tanto habían alabado era el importado.
Un compromiso que fue más allá de la broma
El vínculo de San Martín con el vino no se quedó en la anécdota. Como gobernador de Cuyo impulsó activamente la vitivinicultura local, y ya retirado de la vida militar soñó con ser "chacarero": en su chacra de Los Barriales, en Mendoza, diseñó acequias y plantó sus propios viñedos.
El vino también fue parte de la logística del Cruce de los Andes: entre las provisiones que cargaron las mulas del ejército se incluyeron 113 cargas de vino, calculadas para darle una ración diaria a cada soldado y ayudarlos a resistir el frío extremo de la alta montaña.
Hoy, cuando descorchés una botella de Malbec, Cabernet o Petit Verdot, vale la pena recordar que San Martín ya sabía, hace más de dos siglos, que lo que nace de nuestra tierra no tiene nada que envidiarle al resto del mundo. ¡Salud, mi General!
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